octubre 12, 2007

Día de las Malinches

Malinche no es que se llamara Malinche. Malinche se llamaba, en realidad, Malinalli. Y como nos lo recuerda Laura Esquivel, Malinche quería decir, en idioma náhuatl, “el amo de Malinalli”. O sea que Malinche era el apodo de Hernán Cortés, el vociferante amo y marido de Malinalli.Pero para casi todos los efectos, Malinche ha quedado como sinónimo de colaboracionista y traidora.Y la verdad es que ha habido en estas latitudes tantas Malinches como Felipillos. Y ha habido –y hay todavía y no se sabe bien por qué– muchas Malinches que visten de Felipillos. Su objetivo, claro, es uno solo: ser la voz del amo, entibiarse en la pechuga del conquistador, sumarse al éxito de los nuevos dioses aunque los nuevos dioses sean una banda armada de reducidores.Hoy, 12 de octubre, es también el día de las Malinches.Si Felipillo hizo su papel en Cajamarca, la Malinche desplegó el suyo en Cholula.Cortés, que no había sido criador de cerdos sino que había pasado por la universidad de Salamanca y hablaba un poco de latín, había nombrado a la mal llamada Malinche traductora oficial de la lenta y astuta conquista en la que estaba empeñado. Malinche hablaba náhuatl, la lengua de los toltecas. Y, para simplificar, los herederos de esa cultura tolteca, de esa maravillosa cultura de artesanos plumarios y escultores de la arcilla y maestros del nácar, junto a otras etnias maltratadas por los aztecas, debían de ser los aliados con quienes Cortés sellaría la colosal apropiación de México.Así que el primer aviso debía darse en Cholula. Cortés, que había sido bendecido por un mensaje halagador de Moctezuma –lo que paralizó por un momento decisivo la resistencia indígena– había decidido matar a todos los cholultecas que la convocatoria de Malinche pudiera reunir.La voz de “la lengua” –así llamaban a la Malinche por su habilidad con el maya y el náhuatl– llamó al patio del templo de Quetzalcóatl a todos los que quisieran asistir a la despedida de Hernán Cortés, que estaba muy agradecido por las atenciones brindadas y que quería retribuirlas.Dicen que más de tres mil cholultecas se reunieron. Cuando se cerraron las puertas del templo, empezó la matanza.Cortés mismo participó en ella y excitó a sus aliados tlaxcaltecas para que la acrecentaran ya no en el templo encharcado de sangre sino en toda la ciudad. El cálculo es que seis mil traicionados por la Malinche fueron abatidos. Moctezuma había sido notificado. Su imperio de sangre y sacrificios humanos terminaría en sangre interminable y sacrificios hechos en nombre de un Dios que no tenía aspecto de serpiente emplumada pero que sí mostraba, a cada rato, la rabia homicida del que cree tener siempre la razón.En el relato novelado que la Esquivel ha escrito sobre Malinalli, la novelista pinta a la traductora, luego de la masacre de Cholula, pasmada y hasta arrepentida.Será siempre difícil imaginar a la Malinche atenazada por la culpa. Había optado desde el comienzo por el bando extranjero, había ayudado a esparcir la calumnia regia de que Cortés era jefe de un regimiento de dioses y que los caballos y arcabuces eran armas del Dios en jefe a quien Cortés sólo obedecía y había susurrado en los mejores oídos que si todos se sometían ya no habría puñales de pedernal abriendo el pecho de los sacrificados. Había tomado el partido que sus ancestros quizás habrían tomado también: traicionar a los mexicas no era traición sino revancha.Hoy que es 12 de octubre, deberíamos rendir un irónico homenaje a las Malinches reencarnadas e inmortales, a las hijas sucesivas de Malinalli, a las biznietas de las tataranietas de esta hija de Painala “a quien nombraron Malinalli por haber nacido en el tercer carácter de la sexta casa” (La Malinche, de Laura Esquivel, editorial Suma de Letras, Bogotá, 2006).Ayer fue el Dios que extirpaba idolatrías. Hoy es el dios que devora países. Ayer fue Cortés. Hoy es Dick Cheney. Ayer eran los Evangelios por los suelos. Hoy son los suelos del petróleo. No importan los topónimos ni los patronímicos: las Malinches están allí, traduciendo a los nuevos dioses con su don de lenguas, citando a los que irán morir y revolcándose de lo lindo con el conquistador. Se diría que nunca como ahora la Malinche se ha sentido tan reivindicada.

octubre 10, 2007

Cadena perpetua ejemplar

Aquí Cipriani decía que la Comisión de Derechos Humanos “era una cojudez”. La cojudez era él, que no sacaba la cara por los inocentes como Cristo se lo hubiese demandado.Allá lejos, cerca de la casa matriz del Banco Ambrosiano, Herr Ratzinger, que hoy debe ser llamado Santo Padre, le ajustaba las clavijas al padre Gustavo Gutiérrez, a Jon Sobrino, a Ernesto Cardenal, al pobre y heroico Ignacio Ellacuría, y auspiciaba, por orden del ex obispo de Cracovia, todo lo que fuera catolicismo de quemazón y rezo, potros y blasfemos, herejías y hogueras salvadoras. Como en los viejos tiempos. Hasta a San Francisco le hubiese ajustado las clavijas Herr Ratzinger –por pobre y desprendido, por mal ejemplo en suma–.Pero quien superó todos los colmos de la santa madre Iglesia en versión familia Borgia fue el cura argentino Christian von Wernich, que ayer ha sido condenado a cadena perpetua por genocida y canalla.Von Wernich era el capellán de la Policía Federal con sede en Buenos Aires cuando Videla y su pandilla robaban niños, desmembraban por cuartos y mitad en la Escuela Mecánica de la Armada, ponían ratas hambrientas en las vaginas de las rojas pecadoras y, en fin, hacían que Savonarola pareciera un niñito dulzón y el marqués de Sade un boy scout con fiebre de heno.Von Wernich no fingía ser capellán. Era el capellán y lucía sotana y cuello romano. Era un hombre de la restauración ordenada por Juan Pablo II, el jefe de Estado del Vaticano que encarriló el dinero de la CIA hacia el sindicato Solidaridad de Lech Walessa.Así que el cura Von Wernich entraba a las mazmorras bonaerenses donde sufrían los desahuciados por Roma y se ponía tierno y fino para decirles –allí están los testimonios de un centenar de testigos– que colaboraran, que sus vidas estaban en manos de Dios “si ellos ayudaban a la policía”, que los niños secuestrados y entregados a otras familias “pagaban la culpa de sus padres” y que, en fin, tuviesen cuidado con no hacer nada para merecer “la máquina”, que era como le llamaban a la picana los torturadores que te mojaban y te subían el voltaje hasta que enloquecías y exigías ser asesinado para que todo acabara.Esta maradónica mano de Dios, este infame asistido por los cielos, pretendió desacreditar los testimonios vertidos en la corte diciendo que “el hombre que quiere reconciliarse necesita paz, si no actúa con un corazón herido”.El presidente del Tribunal Oral Federal Nº 1, magistrado Carlos Rozanski, creyó más en los relatos espantosos de los sobrevivientes que en el silencio ofuscado con que Von Wernich enfrentó la mayor parte del proceso.La condena a cadena perpetua se basa en los siete homicidios, 42 secuestros y 32 casos de torturas con los que Von Wernich tuvo que ver directamente. Según la crónica del diario Clarín hubo aplausos en la sala cuando en la sentencia se incluyó el caso de María del Carmen Morettini, desaparecida junto a otros seis muchachos, torturada pacientemente por “la bonaerense”, y asesinada junto a sus amigos meses después de haber sido raptada por agentes de la Triple A, el comando asesino fundado por el astrólogo López Rega, el marido casi póstumo de la procaz Isabelita.Von Wernich tiene 69 años y anda con la salud un tanto afectada. Así que la cadena perpetua no parece que vaya a ser una lenta y prolongada tortura, como esas en las que él participó mirando y aprobando, oyendo y aprobando, rezando y aprobando, perdonando al final los pecados de quienes debían morir para que la Iglesia se mantuviera firme y el cielo en su sitio y los cánones más ilesos que nunca, que de eso se trataba lo que hacían Videla y Pinochet: la santa alianza que no avergüenza a los neoliberales.No se necesita ser González Prada ni haberlo leído para recordar con afecto a los herejes de huesos quebradizos y carne ahumada. Ni se necesita ser provocador para preguntarse si en los mares de gente que sigue a una imagen por las calles de Lima no habrá más de un Von Wernich envuelto en una nube de celeste incienso. Porque a veces conservar un poder tan bimilenario significa ponerse el mandil de los carniceros. Como Cipriani. Fuente:http://www.laprimeraperu.com

octubre 08, 2007

¿Y qué diría Grau si lo supiera?

No sé por qué debemos recordar cada año tan sólo el sacrificio y la muerte atroz de Miguel Grau.Quizás el año próximo podríamos recordar y celebrar la destreza, el valor y la generosidad de Grau en el combate de Iquique (21 de mayo de 1879).En Angamos triunfó el cargamontón del odio portaliano hacia el Perú.En Iquique perdimos la fragata Independencia, desfondada por una mala maniobra mientras iba en persecución de la huyente nave chilena Covadonga, pero hundimos a la corbeta Esmeralda y rescatamos a los náufragos que nos pidieron auxilio. Es decir, fuimos grandes en todo el sentido de la vida.En Iquique fueron dos contra dos: el monitor Huáscar y la cañonera Independencia frente a la corbeta Esmeralda y la cañonera Covadonga.En Punta Angamos, hace exactamente 128 años, el alto mando chileno enfrentó al Huáscar con tres embarcaciones: los blindados Blanco Encalada y Cochrane y, otra vez, la Covadonga –la que había huido a toda máquina cinco meses antes, apenas avistó al temible Huáscar–.Sólo una celada como esa de tres contra uno pudo derrotar a Grau matándolo y a Melitón Carvajal hiriéndolo y a Elías Aguirre matándolo y a Diego Ferré matándolo y a José Melitón Rodríguez matándolo y a tantos otros que fueron baleados cuando, lanzados al mar por las explosiones, hubieron de ser “repasados” por la soldadesca naval del enemigo.Pero volvamos a Iquique, donde la acción empezó a las 8 y 20 de la mañana del 21 de mayo de 1879 –Chile nos había declarado la guerra el 5 de abril y nosotros hubimos de aceptarla por nuestro compromiso de honor con la anárquica y siempre desagradecida Bolivia–.Lo de Iquique fue, además, a la usanza antigua. El Huáscar se aproximó a la Esmeralda para embestirla y sólo en la tercera acometida pudo hacerle daño mayor.Grau escribió a bordo del Huáscar, dos días después:“En ambas ocasiones, a la aproximación de los buques y durante el tiempo que permanecían muy cerca, recogíamos el nutrido fuego de las ametralladoras que tenían establecidas en sus cofas, el de fusilería y muchas bombas de mano a la vez que descargas completas de la artillería de su costado…”(Parte del comandante del Huáscar al Director de Guerra y Director de Marina, al ancla en Iquique, mayo 23 de 1879).Y el gran marino, el mejor de todos los peruanos de todos los tiempos, añade:“Finalmente, emprendí la tercera embestida con una velocidad de diez millas y logré tomarla por el centro. A este golpe se encabuzó y desapareció completamente la Esmeralda, sumergiéndose y dejando a flote pequeños pedazos de su casco y algunos de sus tripulantes…Inmediatamente mandé todas las embarcaciones del buque a salvar a los náufragos y logré que fuesen recogidos sesenta y dos, los únicos que habían sobrevivido a tan obstinada resistencia. Adjuntas encontrará V.E. las relaciones detalladas de los tiros que ha recibido el buque, de las bajas que ha tenido su dotación, de los cadáveres de los enemigos encontrados en la cubierta, y de los prisioneros. No puedo prescindir de llamar la atención de V.E. hacia la sensible pérdida del teniente 2º graduado don Jorge Velarde, para significar el notable comportamiento y arrojo con que este oficial conservó su puesto en la cubierta al pie del pabellón, hasta ser víctima de su valor y serenidad” (Ibid).Jorge Velarde Castañeda tenía 23 años cuando fue blanco de la metralla de la Esmeralda. Había ingresado a los 15 a la Escuela Naval del Perú. En 1876 se embarcó en la fragata inglesa Oracle rumbo a Europa. De regreso al Perú fue ascendido a la clase de alférez. Tras otra travesía por las Islas Marquesas, Tahiti y San Francisco, a bordo de la nave francesa Magacienne, fue ascendido por el brillo de sus méritos al rango de teniente 2º. Pero en 1879 Velarde enfermó de tuberculosis y fue trasladado a Jauja para intentar su restablecimiento. Estando en esa ciudad, Chile empezó su ofensiva rapaz en contra del Perú. Velarde, sin haber sanado del todo, regresó a Lima y fue destacado de inmediato al Huáscar como oficial de órdenes y derrota. Murió como oficial de gloria.El combate de Iquique duró tres horas y 50 minutos. El Huáscar disparó 47 tiros con sus cañones de 300. La Esmeralda estaba erizada de 10 cañones Armstrong rayados, dos colisas de 150 y una ametralladora en cada una de las cofas de los dos primeros palos. Su comandante, Arturo Prat, tuvo un dignísimo papel al ser muerto mientras intentaba abordar al Huáscar.Y ahora me pregunto: ¿Qué diría Grau si supiera que hoy lo celebran y dicen discursos en su nombre un almirante que ordenó bombardear una instalación penal peruana con prisioneros rendidos y un presidente de la República que dio esa orden salvaje? ¿Y qué diría el joven Velarde si supiera que la Marina peruana –que se sublevó cuando en 1866 el civilismo de toda la vida le puso al almirante norteamericano Tucker como comandante– estuvo manoseada, corrompida y conducida al estercolero de los Ibárcena por un ciudadano japonés que, años más tarde, juró morir por el imperio nipón? ¿Volverían a morirse? ¿Vomitarían? ¿Exigirían su pase inmediato a la mortalidad? ¿Lamentarían la negada inutilidad de su heroismo?